Este yacimiento es una joya para los amantes de la arqueología. Se trata de un conjunto de tumbas excavadas directamente en la roca viva, una práctica común entre las comunidades hispanovisigodas que habitaron la zona entre los siglos VI y VII d.C.
Estas necrópolis suelen estar vinculadas a pequeños asentamientos rurales que aprovechaban la riqueza ganadera y forestal de los montes. Ver las siluetas antropomorfas (con forma humana) talladas en el duro granito es una experiencia que impresiona, ya que nos da una idea del esfuerzo y la dedicación que ponían estas gentes en sus ritos funerarios.
Este punto de interés es clave para entender la transición entre el mundo romano y la Edad Media en el centro de la península. Los estudios realizados en la zona sugieren que estos pobladores vivían de forma sencilla, en armonía con el entorno, pero manteniendo estructuras sociales organizadas. El hecho de que las tumbas estén al aire libre, integradas en el paisaje pétreo, les confiere un aire de eternidad.
Pasear por el asentamiento es como leer un libro de historia abierto en el suelo; cada hueco en la roca cuenta una vida de hace más de mil cuatrocientos años. Es un lugar que requiere respeto y silencio para apreciar la importancia de nuestros antepasados en la formación de la identidad actual de la comarca.
